DESDE EL DORADO REINO DE LAS SOMBRAS1

¿No habría que escribir precisamente (…) para que el fin se torne en nunca (…) y nadie pueda hacer morir aún más a los muertos?”

José Ángel Valente

 

A Julio López Cid, que se fue primero, por tantas y tantas horas robadas a la muerte.

A José Luis Fortes, que se fue después. En el sueño, su corazón, no supo hallar el camino de regreso.

A Eduardo y Julio López Rego, que estuvieron cuando nadie estaba.

 
 

No hace un año todavía, nuestro poeta de referencia era Yosi, el suave. Promocionado desde las alturas, las fuerzas vivas, –nunca tan muertas– de la corte provincial, decidieron movilizar cuantos rapsodas a sueldo había, y esbozar una propuesta hortera, ramplona y de eterna adolescencia, que les permitiese acercarse al voto joven; es decir: el marco referencial en que la provincia iba a mirarse en el futuro, ¡qué futuro….! Hasta se propuso el nombre de tan señalado personaje para honrar la nueva biblioteca. Todo ello muy institucional y con gabela. Traducido a neo-lengua orwelliana: – La policía es poesía. La policía eleva (o no, eso depende), nosotros somos rock n’ roll1, la poesía es rock, la policía es rock, el voto lo creéis vuestro, pero es nuestro, el voto es rock, el voto es pop, vuestra miseria es real pero no lo sabéis, nuestro trono se asienta en un montón de estiércol, pero vosotros sólo veis un deslumbrante amanecer de brillantes colores. Instituyamos nuevos mitos, nuevos ejemplos. Prescribamos lo reescribible. Mantenednos. Seamos modernos. Ourense ICCWeek.

Se quiso convertir, también, la cosa poética en una feria más. Se dispensó a los excursionistas, llegados por decenas, alimento espiritual escasamente nutricio; se les obsequió, en cambio, con pantagruélicos festines, donde se hermanan en lo soez, el vinazo y la grasa, banquetes donde la gula es virtud si todo es gratis, prisioneros del tiovivo del hambre histórica, atrapados en la menesterosa e incierta bandera que apenas cubre a nadie, y menos a los abanderados. Se subvenciona así a los antiguos revolucionarios/nuevos conversos, fanáticos relojeros del alma, que se afanan por la causa divulgando las consignas del momento, pues los inmediatamente pretéritos, ya fallecidos, tienen su gloria y su edificio –el de menos merecimientos, incluso dos–. Nace así A Ínsua dos poetas, un nuevo Luar, un parque temático de lo contrasublime, el epicentro generador de la más pura ourensanía, donde ofician poetas hipervertebrados, o artistas de fieltro inquebrantable: el mayor dispendio y la mayor miseria. Esa anti-arcadia que, sin agotarse, abarca el megalómano portón de explotación agropecuaria –con su rótulo–, el mínimo anfiteatro repleto de moscas, una fuente con siete palabras, sólo con siete, pues de todos es sabido que es el siete el número fetiche que inspira a nuestro népota provincial y planetario, y un catálogo de espantos –todos con firma–, tan triviales como pretendidamente trascendentes. En alegre promiscuidad, allí, lo peor de la palabra, el detritus decantado, la horrísona declamación nasal y grajeante. Entiéndaseme: sólo describo. Nada quiero, nada debo, nada justifico, nada temo, nada pues me impide. Intento ser fiel a la memoria de Valente y no traicionar su amistad, la confianza que en mi depositó, por ser precisamente así.

¿Cuándo cambió el sesgo? ¿En qué momento se dio por buena la idea de coquetear con la abisalidad de la obra de José Ángel y utilizarla en beneficio de lo propio?

El absoluto, la esencia, la pasión del pensamiento, el duro oficio de tinieblas, el conocer sin conocer y el saber sin saber, el aposentarse, la lenta formación natural de la que surge el objeto poético, con la belleza y la precisión, y la pureza y la dureza del diamante, los certeros, precisos –y molestos al poder– augurios del profeta (nuestra sola y única herencia), esto en cuanto al que escribe; o, el recogimiento, la intelección, el acontecer, el mundo paralelo así creado que transcurre, la epifanía de quien absorto lee, casan mal con los fastos municipales, con la utilización interesada de quienes pretenden revestirse con ropajes ajenos.

¿Quién nos coloca ante nosotros mismos?, ¿quién nos cuestiona?, ¿quién nos hace reflexionar para que –y esta vez sí– podamos estar orgullosos de quiénes somos?, ¿a qué triste y terrible historia nos debemos?, ¿cuál es la razón de lo que somos?

La palabra del hierofante –ese privilegio–, nos muestra la inhumanidad de la que provenimos y por la que no hemos sufrido penitencia, ni nos hemos purificado con nuestros actos o nuestras decisiones, ni nos hemos hecho acreedores de un lugar mejor. Es pena suficiente la realidad que soportamos, y, para aquellos que alguna vez hemos osado, el peor castigo, pues nuestro pecado es la lucidez.

Un acto de fe, por intensamente deseado e imaginado no menos real o cierto: Valente en una tradición orensana y mística. Los sótanos y pasadizos de Santa Eufemia, la vieja sinagoga. Secretas juderías, bibliotecas ocultas e imposibles, donde podía hallarse El arte de la guía de Abulafia o la Palinodia de los Turcos de Clavedan o Clarosteque, el Liber Razielis, Los versos dorados de Pitágoras o el Picatrix, el sueño coherente, necesario, anhelado –contradiciendo a Madariaga– de un origen orensano de Spinoza2, triplemente exiliado por otras tantas razones. Ignotas moradas de creadores de golems, dueños de palabras sagradas que infunden vida, señores de la teúrgia pero también de la goecia, invocadores de Haagenti, de Raum, de Focalor, de Sitri, de Saberius de Astaroth. De dónde si no salen Tres lecciones de tinieblas o Mandorla, que entre velos permite vislumbrar el rito de cuyo culto fue Coral sacerdotisa y victimaria. Sephiroth y también Qliphoth: ”El árbol pertenecía por la copa a lo sutil, al aire y a los pájaros. Por el tronco a la germinación y a todo lo que une lo celeste con los dioses del fondo. Por la raíz oscura a las secretas aguas (…) estaba el árbol no en la ciudad, sino en el mundo, más cierto que ella misma, que aún la circundaba. Árbol. Ciudad.3 Orense al fin, lugar de lo que irremediable naufragó. Mapa. Oculta y esplendente topografía, irrecuperable ya por tiempo y por memoria.

Dos veces regresó (oficial/oficiosamente) José Ángel Valente a Orense y las dos veces su regreso tuvo algo que ver con lo funerario, con lo mortuorio. También con una clara intención de regreso definitivo, de permanencia, como así es, como así ha sido.

En ambas ocasiones hubo actos, celebraciones; pues si el alejamiento de Valente con la ciudad era consciente, deliberado, no era menos cierto que escondía un gran dolor, el de un amor que se refleja en todo lo que sustancia su obra. En ambas ocasiones leyó textos suyos. Por circunstancia y elección es obligado analizarlos.

Convendría no establecer interpretaciones particulares, habida cuenta de su polisemia. Todos hemos leído, todos tenemos una visión propia, una lectura, aquello de nosotros mismos que en ellos proyectamos. Pero sí sería conveniente saber qué significaban para Valente sus propios versos en esas dos ocasiones y por qué los eligió.

El primer regreso fue en 1990 cuando José Ángel vino a depositar las cenizas de su hijo Antonio en el Cementerio de San Francisco. Las cenizas de Agone, volvían al origen de su padre, al solar familiar, al lugar donde las de ambos se hermanarían en la luz cuando José Ángel falleciese, pues junto a aquellas, serían las suyas depositadas “como flores tardías.”

Hubo en aquel primer regreso una rueda de prensa en el Liceo, hubo preguntas lamentables, hubo preguntas sobre la estancia orensana de Gil de Biedma, quien según Valente, y a diferencia suya, fue feliz, pues de aquí era Daniel, su amante, y aquí publicó su primer libro de poesía4. Valente dijo que “había huido de los vinos y de las putas”5, pues otra cosa no había. Los actos del Latino –tan mitificados– las declamaciones de poemas, denotaban la provisionalidad y el amateurismo propios de una velada de fin de curso, voluntariosa, insuficiente y ridícula, querida así por José Ángel.

Hubo después un acto en el Paraninfo del Instituto del Posío. Memorable. Lleno a rebosar, (había gente de pie en los pasillos) no se había reservado sitio para las autoridades. Entran de pronto dos de los sátrapas que nos gobernaron durante años, sorprendidos de ver a tanta gente, –a lo mejor advertidos–, totalmente anónimos, totalmente irrelevantes, totalmente fuera de lugar. Nadie los esperaba, realmente no eran nadie, nada todavía son, ni nunca serán. Volvían la vista en torno buscando confirmación de su presencia, esperando algo que allí nadie les daría, porque nadie los había invitado. Sobraban. Pero alguna extraña razón política, o propagandística, o institucional les hacía permanecer allí, de pie, incómodos, porque “aquel poeta” había recibido el “Premio Príncipe de Asturias” y entonces alguien debía hacer acto de presencia. Pero algo no encajaba, no era lo que dictaba el manual de protocolo.

Abrió el acto Valente con la lectura de un desconocido poema que a los catorce años, remotamente allí habría leído, y la palabra se encarnó. Pájaro de plata muerta6 vino después. Era “la lectura”, el mensaje que deseaba transmitir. Homenaje a Pimentel, poeta de obra póstuma, como todos sobre los que ha posado la mirada José Ángel o a los que ama: Adolf Muschg, Ludwig Hohl, Constantino Cavafis. Tal vez precisamente por eso, por la ausencia de impostura que posee la obra realizada sin más porqué, como el que habla para sí mismo, como el que conversa con los que vendrán y a los que clavarán alfileres en los ojos. Pimentel pues, enorme poeta de obra póstuma. Trasterrado, exiliado en su propia época, axial e imperceptible presencia, que no cerró los ojos ni la voz ante el horror y el crimen, profundamente herido de humanidad, imposible en el tiempo de la interlocución. Sensibilidad no entendida, o jamás entendida7. Pero aquella elección, Pájaro de Plata muerta, no era sino un puñal arrojado a las conciencias de todos los presentes, que estremecidos, nos hallábamos frente al ángel flamígero que fustigaba lo deleznable; irreductible, insobornable, insoslayable, acerado, prístino. Nos ponía ante nosotros mismos, ante nuestros propios fantasmas. La culpa de todo lo que entonces ocurriera y quienes habían sido sus actores terribles; hablaba también de sus herederos, pues nada desde entonces ha cambiado. Rememoró a “Abelardo el de la chocolatería, que fue abastecedor dorado de mi infancia”(Op. Cit) y habló de los camiones al amanecer, de su padre, de las claudias8. De la vesania y la podredumbre de la que surge lo que ahora soportamos. Pero la Última cinta de Krapp9 era la clave, la propia voz que no reconocemos, fragmentos nuestros del pasado, que regresan, algo sin sentido y sin embargo profundamente inteligible, concerniente. “…no había tiempo ni disposición para la crítica como metodología. Ya sólo sentimos la crítica como afinidad o casi, diríamos, como autobiografía”(Op. Cit). Tal absoluta afinidad convertida en autobiografía, como el que reencuentra un cuaderno largo tiempo olvidado, casi una revelación, pudo releer, contemplarlo en mi casa, cuando regresó por segunda vez en 1998, en algo que le concernía tanto y tan íntimamente como la lectura anotada de su libro No amanece el cantor, realizada por uno de aquellos descabalgados, de aquellos vencidos, por uno de aquellos “hombre rojo, perro enrabiado”(Op. Cit), asombrándose José Ángel, como en la última cinta, de que pudiesen haber existido en Orense tales luchadores por la libertad, mucho más cercanos que “Jonh Cornford, veintiún años ametrallados sobre el aire10 o, tan anónimos como algunos de los héroes de la Morette les Glières, y sin embargo, paradójicamente cerca “…de su país, de su memoria, donde todos los muertos son un solo cuerpo ardiente11. No pudo por menos que caer sentado –literalmente–, llevándose la mano a la sien y diciendo: “–…yo no podía saber, yo no podía saber.” El drama de la ciudad con el “hilo segado12 es que, ese trauma, ese corte fue tan profundo que, a pesar de que Valente se hubiera formado en la biblioteca de Basilio Álvarez, que, aunque Basilio hubiese dejado “enterrado el hilo que iba a seguir haciendo posible la memoria”(Op. Cit), esa memoria fue incompleta, y como Valente añade en el mismo artículo:“A las ciudades sin memoria se las llevan los ríos para siempre, sin que dejen imagen perdurable de sí”(Op.cit). Triste tardanza en volver la historia hacia atrás, triste perversión histórica en que alguien de una generación posterior hubiera de perfilar a aquellos que habrían debido ser los genuinos referentes, intentar reconstruir el hilo segado cuando era ya demasiado tarde. Triste destino el nuestro, en el que desconocemos o negamos lo mejor que poseemos. Valente no iba a ser una excepción.

Al final de la velada, durante la que curioseamos autógrafos y primeras ediciones, entre otros de Basilio Álvarez –por supuesto–, le mostré mis esculturas; una serie de miniaturas en plata y oro realizadas a principios de los años 90. Años antes, –le dije, Eugenio F. Granell, –con quien él había tenido la oportunidad de cenar en una ocasión13–, había elegido una: Hombre Jirafa14. Ahora era él quien podría escoger la que quisiera. Sin dudarlo se decidió por una pieza en oro de no más de 2 cm. de alto. Sin título. Me preguntó qué lectura, qué significado tenía la escultura para mí; le dije que era una figura solar, él respondió “–yo también lo creo.” Ése fue, el regreso definitivo de Valente a la ciudad, el pacto que, a través del símbolo, entre ambos establecimos. Después de todo había sido yo el mensajero que le había llevado nuevas concernientes.

En 1990, el acto del Paraninfo del Posío no gustó. No gustó la elección de Valente. Hubo comentarios desaprobatorios por parte de algún periodista con cierta notoriedad y con pasado falangista15: “–Mira que no tenía temas sobre los que hablar, como para sacar eso ahora”, periodista que, años después, en el segundo regreso de Valente en 1998, no se despegó de él, con un hablar incesante; uno de los que, en su momento, ocuparon la redacción de La Zarpa para convertirla en Rumbo, fundado por Bartolomé Mostaza, Jefe Provincial de Prensa y Propaganda de Falange, y después en Arco y que, convenientemente desguazada la redacción original, y después de esas dos cabeceras, acabarían integrándose cuadros y equipos en La Región, eso sí , manteniendo toda la propaganda y todas las secciones16. Fue Bartolomé Mostaza, uno de los miembros del jurado de los juegos florales de 1956, junto con Álvaro Cunqueiro y otros falangistas; juegos florales en los que Valente participó dos años después de ganar el premio Adonais17. El diario La Zarpa había sido fundado por Basilio Álvarez en cuya biblioteca Valente se formó18. La Zarpa, donde en 1922, años antes de que Bretón publicase el Manifiesto surrealista, ya habían sido publicados dos textos de Mazas, claramente surrealistas o al menos oníricos19. Los artículos de Jacinto Santiago, director durante una época de La Zarpa, que tanta capacidad para el insulto tenía y que forzosamente habría de interesar a José Ángel20. Ese mismo diario donde a lo largo de 1924 a 1926, irían apareciendo las maravillosas viñetas al linóleo de la serie Aguafuertes goyescos, también de Mazas: Todo ello estaba en el aire, en el lugar en el que José Ángel fue concebido, en el que creció, en cuya atmósfera, amó y fue amado, alimentado por “…pétalos o besos sin cesar desprendidos.”21

Si de Valente queda referencia de su “muy activo compromiso social y cultural con Almería: “participó en cuestiones fundamentales, exigiendo la transformación urbanística y social del barrio de la Chanca, la defensa del Casco Histórico, del Parque Natural del Cabo de Gata-Níjar, el Cargadero de Mineral El Alquife, y del concepto de hospitalidad de la cultura mediterránea clásica”22, no es menos cierto e importante su implicación en la defensa del Cementerio de San Francisco, en la que no le quedaba otra posibilidad que dar batalla, por mera coherencia poética, porque en esa batalla defendía la memoria de todo lo que de verdad amaba: su madrina, su padre, su hijo. Se comprometió José Ángel a fondo en esa lucha que lo llevaba a dejarse manipular si con ello podía ganar la batalla y vaya si la ganó.

Ese Orense provinciano, de peregrinas ocurrencias municipales, planteaba levantar todo el cementerio para hacer una urbanización23, en una ciudad que ya entonces venía muriéndose y con una demografía en caída libre. ¿Para para qué y para quién se construía? En el Plan de Urbanismo ni se contemplaba proteger el solar definitivo, tan siquiera a título de inventario monumental.

En el segundo regreso de Valente a Orense, en 1998, de las tres lecturas elegidas, la primera es “Maquiavelo en San Casciano”24.

Si en nuestras conversaciones de los días anteriores habían ido saliendo los protagonistas ocultos de la historia, allí estaban mencionados por fin y ante todos, ante la ciudad a la que regresaba, pero que no era muy consciente del drama que allí se desplegaba y de sus implicaciones, también de sus consecuencias.

Reseña Sánchez Robayna que “Meditación en San Casciano”, no muestra una reedición del monólogo dramático de la poetry of experience de Browning (según Langbaun), ni siquiera una transcripción o tal vez sí, de la brillante adaptación de Cernuda25. Valente en ese momento utiliza el poema y lo usa como declaración de intenciones, como arma, pero también, –y no podría ser de otro modo– como crónica de un regreso largo tiempo esperado, anunciado por fin ante todos y tan sólo dos años antes de su muerte. Un reencuentro, una pacificación de su postura irreductible.

Valente no sólo había traído las cenizas de su hijo, para que definitivamente y para siempre reposasen, al lado de las de Lucila y al lado de las suyas propias, que regresarían. Y sí, el poema es claro en su lectura, Maquiavelo es Valente, quien escribe; Franceso Vettori éramos nosotros, a quienes Valente hablaba y por fin nos explicaba por qué estaba allí. Vettori era Fraga, las autoridades, todos los que presentes en aquel momento, conscientes o no fuimos testigos. Aunque la lectura para Fraga y las autoridades, forzosamente tenía otro significado, pues de ellos dependía que el cementerio se levantase o no. Con su alegato, con la vinculación al lugar, en el que “los hombres antiguos que en amistad me acogen”(Op. Cit). estaba poniéndolos en el dilema de decidir.

A pesar del “Lugar vacío en la celebración”, que mantuvo durante años, y que seguía manteniendo a pesar de todo; era la defensa del lugar, la defensa de la memoria de los que vivos había amado y que conformaban la raíz de su poesía.

Eligió ese poema contenido en La Memoria y los Signos26, y aunque, en ese libro pueden encontrarse varios poemas que se refieren a Orense, glosados hace ya años en un artículo donde el Olimpo parecía haberse abierto dejando caer las musas una tras otra, empaladas en un silabario atroz de ríspidas nadas; no fue otro sino ése el que escogió.

En La Memoria y los Signos y sobre Orense, aparecen los poemas, “Tierra de nadie”: “La ciudad amarilla y cansada como un buey triste”, ”Pequeña ciudad sórdida, perdida, municipal, oscura/ no sabíamos a a qué carta poner la vida/para no volver siempre sin nada entre las manos /como buceadores del vacío”; o, “El Funeral”, donde rememora las exequias de su padre, o el padre, que de nuevo es referido en “Un recuerdo”, y donde la ciudad aparece como una mágica, feliz y dorada ensoñación, aunque …”el tiempo como flor abrasada (la) reducía a cenizas”, transfigurada por el recuerdo luminoso, de las casas, de los juegos, del río, o los amigos, …aún me detengo como entonces/ ante la noble faz saludadora/ del campesino igual que en los viñedos/ donde juntos entrábamos/ nos tendía un racimo transparente”. Prefirió hablarnos, en cambio, por boca de Maquiavelo en un exilio, desde el remoto año 1513. El poder de la auténtica poesía que consigue no sólo desvelar una verdad a cada lector, sino que puede hablar desde cualquier época intemporal, profunda, eterna.

Ahí en el Liceo, leyó, en la miserable ciudad, donde a pesar de que regresa cargado de experiencias y de honores, no logra alcanzar su estatura verdadera. Debe prescindir del orgullo y era orgulloso en grado sumo,27 condescender con todo lo que aborrece, con todo lo que le ha hecho alejarse. Subido a la “ola sucia total28, debe defender el solar en que desea reposar junto a los suyos, cuando éste debiera ser un lugar de honor, que debería haberle sido reservado, salvaguardado, aunque no le hubiese pertenecido por derecho sucesorio –que sí le correspondía–, aunque no lo tuviese –que sí lo tenía–, sintiéndonos orgullosos de que deseara regresar después de tan larga, rica y alta singladura, honrar su decisión de vincularse a la ciudad para siempre. Pero hasta ese axis mundi, ese verdadero lugar del canto, definitiva morada, silenciosa oscuridad, piedra “que parió la noche29, lugar de caridad y de acogida sobre el que gravitan tantos poemas, tuvo que pelearlo.30

Regreso al fin al término seguro/de mi casa y memoria/ Umbral de otras palabras/mi habitación mi mesa/ Allí depongo el traje cotidiano polvoriento y ajeno./Solemnemente me revisto/ de mis ropas mejores/como el que a corte o a curia acude./Vengo a la compañía de los hombres antiguos/ que en amistad me acogen/ y de ellos recibo el único alimento/sólo mío, para el que yo he nacido./ Con ellos hablo, de ellos tengo respuesta/ acerca de la ardua o luminosa/ razón de sus acciones.”(Op. Cit)

Viene de regreso, como Ulises, el viaje ha sido largo, rica la singladura, a su casa y memoria, a buscar la compañía de los hombres antiguos, de quienes en la muerte o en las ideas lo precedieron. Viene a conocer la ardua o luminosa razón de sus acciones, sus sacrificios, sus luchas, sus errores. No sólo los ectoplasmas, fantasmales presencias que proyectan su pensamiento o su arte en los libros, en el estudio, en la escritura o en el conocimiento, sino aquellas otras entidades que lo aguardan, a no tardar mucho, en San Francisco, porque ya es uno de ellos, idéntica es su biografía. Acude con sus ropas mejores, con todo el camino recorrido. Ellos le hablan, le piden ayuda, le dan consejo. Sus tareas son distintas, tareas de vivos, tareas de muertos o antemuertos. Suele disfrazarse el enemigo para la época y la ocasión. La indignidad se hereda….

Y nada importa el odio y el resentimiento y que en la lucha por el solar de reposo, de paz definitiva, esa parcela incluya también asesinos, alguno al que siquiera los caballos de la carroza fúnebre quisieron llevar al camposanto31, o comerciantes del lugar que habían intentado sobornar al poeta cuando niño y que le habían mostrado toda su miseria desde el interior de su privilegiado tabernáculo32.

Uno de esos días de mayo de 1998, después de pedirme que lo fotografiase junto a su tumba, paseamos el cementerio hacia el epitafio profético y lleno de humor de Ben Cho Shey. Valente, al pasar ante la tumba de Villanueva33, que había sido el jefe de su padre, pronunció esta máxima terrible con toda la furia de su palabra incendiada: “–¡Que Deus o teña no inferno!” Fui testigo.

El segundo texto elegido fue “Nenia”. Con su lectura, reivindicaba la memoria de una mujer que dejó una profunda huella en su vida. No era Rosalía de Castro, a la que dedicó varios escritos, en prosa y en verso, tal y como él mismo comenta en el acto. Esa mujer tuvo una importancia mucho más determinante para él. Y también sus cenizas están enterradas en San Francisco, al lado de las de su hijo Antonio. Es Lucila Valente, su madrina, sobre la que José Ángel escribió muchos poemas a lo largo de su vida, como él mismo manifiesta34 “Eu inda como o pan que ti mollabas/ no brancor da mañá e nos teus beixos/pra desnoitar ó neno/ que fun, que son, agora que somente/ podería partir, con quén, o pan,/o mesmo pan que ti me tiñas dado.”35 Una primera modulación de regreso, una segunda muestra del infinito amor que en su alma había dejado poso. Un alegato firme, defendiendo aquellas cenizas tan queridas, por las que estaba obligado a luchar, fiel a su amor, a lo vivido.

Vienen a mi recuerdo muchos de los viajes que realicé con Julio López Cid hasta Maceda, en uno de ellos, Julio se recordó a sí mismo velando junto a José Ángel y a Pilar Valente “Hermanos paralelos en comprender la muerte”, el cadáver de madrina, de Lucila. Me recitó de memoria el poema La Casa. Recuerdo haber parado el coche, sacar lápiz y papel y ponerme a copiarlo: “Veo la vieja casa, su recuerdo es de humo,/ de pan diseminado y de ojos continuos como aceite besándome”36. Diecisiete años tenía Valente cuando lo escribió. Soy el responsable de que José Ángel lo incluyese en la Obra Completa. Por teléfono me decía, –¿Tú crees que debo incluirlo?, y yo: –Está ya ahí el mejor Valente. Nadie creo que pueda ponerlo en duda. Intentaba yo entonces editarlo, como inédito, en una tirada de pocos ejemplares, similar a las de Torre de las Palomas de Salvador López Becerra, en Málaga, antes de que se hiciese la recopilación definitiva. No fue posible, no hubo tiempo.

El tercer poema leído por José Ángel fue el titulado “Lucila Valente”, contenido en A modo de esperanza. Enfatizó una vez más su figura, lo que le molestaría que se profanase su tumba y el maravilloso recuerdo, la eterna deuda para con ella que él tenía. Y que estaría dispuesto a todo para que el levantamiento, el ultraje, no se efectuase.

El cuarto poema “Variación sobre el ángel”37, retrata una vez más todo aquello de lo que huyó. Agrios aspectos de la ciudad, tan pequeña, en la que se puede poner nombre y apellidos a los peores, tan genuinos, tan nuestros, tan pijos, tan paletos, tan hijosdeputa: expresión palmaria de la ourensanía. Señoritos de Orense haciendo una de sus divertidas bromas. Siempre su víctima es el débil, el diferente.38

Con la deliberada voluntad de ignorar una vez más la ciudad, de no darle carta de naturaleza, la niega, no la nombra. Con una manifiesta voluntad de olvido. Ya no existe, la ha borrado, pero recuerda muy bien a sus moradores. A quienes salva y a quienes condena.

Evoca Valente en ese intenso fragmento de prosa poética, la figura de Don Juan de la Coba como poeta, con el respeto que se le debe al legítimo transmisor de la materia angélica, saludándolo como a un igual, como al augur capaz de habitar la divinidad, de poseer el secreto del significado de las palabras y su verdadero nombre y la capacidad para invocarlas, como un estuoso poseedor del don divino, hasta el punto de haber inventado una lengua nueva. Todo lo que de chanza su persona proporcionaba a los ourensanitos –puedo imaginármelos aún hoy–, era motivo de amarga reflexión por parte de José Ángel.

Don Juan de la Coba, poeta, perito agrimensor, hijo de Narciso y de Josefa, espíritu perteneciente a la casta superior, a la de los magos, pues hasta puede permitirse fallecer por dos causas distintas: la primera de uremia, la segunda de amnesia senil. Eso sí ambos decesos sobrevinieron en su domicilio de la Rúa de Pereira y en el mismo día, el 9 de noviembre de 1899. Hay aún una tercera muerte que apunta hacia el suicidio. Un hombre con pistola y un tiro en la sien, un banco de piedra en el Posío. Una nota manuscrita: “Un hombre menos, un cadáver más, qué importa al mundo39.

Valente se identifica con el burlado, se sitúa a la misma altura creativa que don Juan de la Coba, como un rastreador de sombras o un iniciado –en definitiva un fracasado– en la lucha con el ángel. Respetaba la inocencia y la ingenua pureza de don Juan alejándose de los análisis filológicos, de los anecdotarios, de la singularidad, de las aproximaciones a ese hombre en un safari erudito, al bufón, al raro, con la misma crueldad de quienes lo expusieron en el escaparate con la boca abierta y que nos permiten instalarnos cómodamente en nuestra identidad, en el acuerdo de la normalidad. Con ese sesgo ha sido glosado don Juan, desde Carlos Casares a Xesús Alonso Montero, poniendo a salvo así, esos autores, sus propias creaciones bendecidas por la gracia, la cordura y el éxito. Alabados sean, ¡Que el día de las Letras Gallegas les sea dedicado!, a uno ya sí lo ha sido, al otro le llegará. Desde el neopiñeirismo y otras fuerzas, se va perfilando el día das Letras Galegas para Valente. Se intentó, se seguirá intentando.40

Si don Juan escribe tragedias y éstas se convierten en materia musical y cantada, el otro poeta con el que establece parangón es él mismo: “queriendo componer himnos, le sale siempre una palabra rota o melancólica”(Op.cit), por causa de idéntico numen o similar disposición anatómica. Se exponía así Valente, “a la común consideración de sus sórdidos paisanos”(Op.cit), para salvarlos de sí mismos, de la especulación y el lucro, de su propia miseria y falta de comprensión o caridad, de su inmisericordia; mostrándoles al fin el abrasado rastro del ángel caído en el cielo de su boca.

Son los locos, hoy en día, no una expresión de libertad o de respuesta aceptable a la sinrazón, no la mímesis de los constructores o las orquestas, paradigmas del verdadero poder en lo ético y en lo estético, que también; no es que respondan a algún rasgo de sutileza, de terrible penetración metafísica o poética: “–María, vienes o no vienes?. Silencio, La pregunta. Otra vez el silencio y la pregunta. (…), regresaba el otoño, caía sin estrépito la sombra, caía a veces el terror nocturno, se deshacían los inmaculados lazos, andaba el llanto por las calles solas: –María, vienes o no vienes?”41, sino que, en Orense 2019-2020, en un rapto de cordura han llegado al Concello, siendo un reflejo de aquello en lo que nos hemos convertido. La Diputación jamás han dejado de ocuparla, desde el fallecimiento del general, cuyo “ ….uniforme/ se quita y se pone/ como otro igual42.

Y ahora nosotros, a los que no estaban destinadas sus palabras porque las sabíamos de memoria, porque eran nuestra guía, nuestra conformidad, nuestra armonía, el compromiso adquirido en las tinieblas de extramuros. Nosotros, los que llevamos piedras a tu tumba, que por ignorancia son retiradas de inmediato, los pobres, los desheredados, los ignorados, los sin patria, los Artemidoros43 los que temerosos y con cautela nos aproximamos a los famosos, a los Césares, para procurarles los augurios que les atañen y no somos atendidos, y de serlo, tampoco se nos entendería.

Por fin no me queda sino hacer mi profecía: Todo será despojo. Valente acabará por considerarse un miembro más de la Xeración Nós en A Ínsua dos Poetas. Su alta palabra será convertida en graznido por los cuervos, sus poemas ilustrarán –postuma-mente–, horrenda obra gráfica, o se repetirá su efigie en pésimas reproducciones kitsch o en llaveros; tal vez pongan una estatua suya a tamaño natural en el Paseo, sentado en un banco, meditabundo, tal vez con la boca abierta para mostrarnos el rastro abrasado de su ángel, hasta que algún turista, después de haberse hecho la foto con él, en poses bobas, le meta dentro la bolsa de plástico de las chucherías que acabe de zamparse. Competirá pues de igual a igual con A Castañeira o A Leiteira, o con el inefable coche de rallye (la de más éxito). Su presencia se resarciría así en el rememoratorio provinciano. Pasará de escasa calle y escueta sala dedicada, a adquirir presencia de segundón o de adlátere. Esa indignidad nos retratará una vez más. Tal vez se levante el cementerio y se avienten cuántas cenizas hay, pues, a pesar de todo, ni hechos ni siquiera palabras son, y definitivamente nos disolvamos en lo que verdaderamente somos. Tal vez me equivoque. No soy muy fiable como augur.

A pesar de ello, o precisamente por ello, permítanme que les muestre mi impotencia: que a nadie se le ocurra hacer morir aún más a José Ángel Valente, o a Julio López Cid. En lo que a mi respecta y en la medida de mis fuerzas, no lo consentiré. La autorización para representarlos ante quien interese, la tengo44. Ése es mi orgullo. La derrota me habita desde siempre.

1 José Manuel Domínguez Álvarez (Yosi), líder de la banda Los Suaves. Fue policía antes de dedicarse al rock’ n roll.

2 Sería difícil reconstruir tantos lazos de familia perdidos desde la diáspora de las juderías del Miño, de las que a lo mejor llevaba sangre don Benito Spinoza y cuánta gente más” José Ángel Valente. Obras Completas I Poesía y Prosa. El Fin de la Edad de Plata. Mi primo Valentín. Pág. 702. Círculo de Lectores Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2006.

3 José Ángel Valente. Obras Completas I Poesía y Prosa. Elegía. El árbol. Pág. 359. Círculo de Lectores. Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2006.

4 Jaime Gil de Biedma. Versos a Carlos Barral. Edición el autor. Imprenta La Región. Orense,1952.

5 Liceo recreo Orensano, 19/04/1990.

6 José Ángel Valente. Obras Completas I Poesía y Prosa. Pájaro de plata muerta. Págs. 528, 530, 532. Círculo de Lectores. Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2006.

7 J.M.Bouzas. Conferencia pronunciada el día 4 /05/2005. En el C.G.A.C. Santiago de Compostela. En la novela 2666, Roberto Bolaño explica, mediante una parábola, lo que profundo ha determinado el acontecer cultural gallego, aquello que ha participado en la historia de su cultura reciente más de lo que creemos o estamos dispuestos a admitir.” Dice Bolaño refiriéndose al libro “Testamento geométrico” de Rafael Dieste: La presente edición es un homenaje que ofrecen a Rafael Dieste: Ramón BALTAR DOMíNGUEZ, Isaac DíAZ PARDO, Felipe FERNÁNDEZ ARMESTO, Francisco FERNÁNDEZ DEL RIEGO, Álvaro GIL VARELA, Domingo GARCíA SABELL, Valentín PAZ ANDRADE y Luis SEOANE LÓPEZ.” (…) ” costumbre extraña el poner los apellidos de los amigos en mayúscula, mientras el apellido del homenajeado estaba en minúsculas.“ Roberto Bolaño. 2666. Págs. 239, 240. Anagrama. Barcelona, 2004.

Con Pimentel ha pasado otro tanto. Ha sido utilizado. Su sensibilidad y su poesía ha servido después.

8 “Ir as claudias”, o “claudiar”. Expresión utilizada por los asesinos de Falange, para eliminar a adversarios políticos, o a personas alas que se decidía quitar de en medio.

9 Samuel Beckett. The last tape, and embers. Faber & Faber. London. 1987.

10 José Ángel Valente. Obras Completas I Poesía y Prosa. John Cornford, 1936. Pág.194. Círculo de Lectores. Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2006.

11 José Ángel Valente. Obras Completas I Poesía y Prosa. Cementerio de Morette–Glières. Pág.148. Círculo de Lectores. Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2006.

12 José Ángel Valente. Obras Completas II. Ensayos. Basilio en Augasquentes. Pág.1451. Círculo de Lectores. Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2006.

13 La cena había sido organizada por Xerardo Estévez. Entrevistado telefónicamente el 17 de septiembre de 2020, dice no recordar de que hablaron durante la cena. Pero frente a frente estuvieron dos humanistas herederos de la tradición de la Institución Libre de Enseñanza.

14 Hombre Jirafa. Plata a la cera perdida. 7 x 3 x 3,5 cm. 1991. Fundación Granell. Santiago de Compostela. Al final fue un cambio. Granell me entregó por Hombre Jirafa, El Yelmo de Mambrino una escultura en madera policromada de 1992. Eugenio Granell. Catálogo Consorcio da Cidade da Cultura. Pág, 151. Santiago de Compostela, 1993.

15 Pude adquirir hace unos años parte de su biblioteca. La única obra de José Ángel Valente que había entre todos sus libros, era la primera edición de A modo de esperanza y estaba parcialmente intonso. De la Editorial Sur y de Losada había muchas obras de teatro, casi todas intonsas. La última cinta de Krapp, no estaba entre ellas.

16 Beatriz Lloves Sobrado. Información, publicidad y propaganda en el diario Arco durante la Guerra Civil. Universidad Internacional de La Rioja. Historia y Comunicación SocialVol. 18. Nº Esp. Octubre (2013) Págs. 737-750

17 Julio López Cid. Sombra Tendida. Ajuste de cuentas. Autófagas Ourense, 2015. Págs. 103 a 109.

18 José Ángel Valente. Obras Completas II Ensayos. Basilio en Augasquentes. Págs. Págs. 1451 a 1454 Círculo de Lectores. Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2006.

19 Cándido Fernández Mazas. El Hombre del bastón. Diario La Zarpa, 31 de agosto de 1922. La casa marinera. La Zarpa, 1 de septiembre de 1922.

20 Ver Jacinto Santiago. Juan Tallón. Colección as Barxas. Ourense 1998.

21 José Ángel Valente. Obras Completas I Poesía y Prosa. Lucila Valente. Pág. 70. Círculo de Lectores. Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2006.

22 Citado por Andrés Sánchez Robayna en, José Ángel Valente. Obras Completas I Poesía y Prosa. Introducción. Pág. 48. Círculo de Lectores. Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2006.

23 Una corporación municipal constituida entonces por alguno de los que hoy, en 2020, promueven su homenaje.

24 José Ángel Valente. Obras Completas I Poesía y Prosa. La Memoria y los signos. Maquiavelo en San Casciano. Pag. 206, 207, 208. Círculo de Lectores. Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2006.

25 Andrés Sánchez Robayna en José Ángel Valente. Obras Completas I Poesía y Prosa. Introducción. Págs. 31,32 . Círculo de Lectores. Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2006.

26 Tanto el poema “Un recuerdo”, como el poema “Maquiavelo en San Casciano”, contenidos ambos en La Memoria y los Signos, y publicados en Ediciones de la Revista de Occidente en Madrid en 1966; habían sido publicados con anterioridad –junto con otros dos poemas contenidos también en el mismo libro–, en el Nº 1 de Cuadernos del Ruedo Ibérico. París, junio/julio de 1965.

Que Valente hubiese elegido esos dos poemas, desgajándolos del libro inédito y publicándolos en una revista militante y con aliento internacional, muestran hasta que punto era importante para él rememorar el origen, la figura de su padre profundamente anclada en la ciudad, como si padre, recuerdo y lugar fuesen la misma cosa, y mostrarlo al mundo. El otro poema, “Maquiavelo en San Casciano” ha ido ganando ricas y diversas lecturas con el tiempo; que fuese su elección para la lectura inaugural en el regreso a Orense en 1998, haberlo situado inmediatamente después del poema en que recuerda a la ciudad y al padre, resulta premonitorio al aparecer en fecha tan temprana como 1965, cuando el poeta cuenta 36 años de edad, y por época y circunstancia, en ciudad tan remota entonces.

27 Julio López Cid, –su alter ego, su amigo de tantos años; la memoria, los comunes recuerdos, el Orense que llevó siempre consigo–, me refirió muchas veces que Valente siempre le decía “–soy demasiado orgulloso como para ser vanidoso.”

28 Expresión de Juan Ramón Jiménez.

29 José Ángel Valente. Obras completas I Poesía y prosa. Fragmentos de un libro futuro. Pág. 569. Círculo de Lectores. Galaxia Gutenberg. Barcelona 2006.

30 Eu estou aquí porque me invitaron as autoridades, o cal agradezo moitísimo, pero eu estou aquí para facerme solidario coa Coordinadora do Cemiterio de San Francisco e para que esta cidade non atente unha vez máis contra a súa memoria”. “Homenaje” Liceo Recreo Orensano. Orense 27/5/1998.

31 Anécdota referida por doña Blanca Gómez del Valle, esposa del pintor Manuel Prego de Oliver.

32 Julio López Cid. Sombra tendida. Ajuste de cuentas. Págs. 105, 106. Autófagas Orense, 2015.

33 Poder y reverencia convergían en aquel hombrecito recortado que cuidaba sus frases y sus gestos en un esfuerzo vano por disfrazar con formas añadidas su escueta condición de mercader” José Ángel Valente. Obras completas I Poesía y prosa. El fin de la edad de plata. Intento de soborno. Pág. 731. Círculo de Lectores. Galaxia Gutenberg. Barcelona 2006.

34 “Homenaje” en Liceo recreo Orensano. Orense 25/05/1998.

35 José Ángel Valente. Obras completas I Poesía y prosa. Sete Cantigas de Alén. Nenia. Pág. 523. Galaxia Gutenberg. Barcelona 2006.

36 José Ángel Valente. Obras completas I Poesía y prosa. Poesía dispersa o inédita. La Casa. Pág. 767. Círculo de Lectores. Galaxia Gutenberg. Barcelona 2006.

37 José Ángel Valente. Obras completas I Poesía y prosa. Poesía dispersa o inédita. Variación sobre el ángel. Pág. 749. Círculo de Lectores. Galaxia Gutenberg. Barcelona 2006.

38 Teníamos Julio López Cid y yo igual recuerdo de “El” Satiro. Él por haber vivido cerca de un año en la Hospedería del Santuario de Los Milagros, en el Medo, yo por Molguense. Era “El” Satiro, un hombre que mendigaba, siempre con exquisita educación y delicadas maneras –“Una tacita de quialdo muerno”. Uno de mis recuerdos de infancia más pavoroso, fue cuando un grupo de mozos del pueblo, por hacer una gracia, lo cogieron de los pies y, sujetándolo por los tobillos, lo colgaron cabeza abajo amenazando con dejarlo caer desde el puente al Arnoya. Yo pensé que iban a matarlo, él suplicaba aterrorizado, aunque siempre educado. Se me manifestó entonces lo que era la barbarie. Es muy posible que en “El” Satiro, se encontrase la presencia de Valente – tan El Inocente como “El” Satiro o como Calvert Casey–. También Valente mendigaba tacitas de caldo, que con amor y dedicación filial le hacía con paciencia y con “unto”*, Eduardo López Rego. Valente comía una y otra vez ese plato de la infancia, en verano, en invierno, por la mañana, por la tarde y al anochecer, en Almería, en el desierto, en Orense, en Santiago de Compostela, con un hambre difícil de saciar.

*Manteca.

39 Muerte de Don Juan de la Coba, referida por Julio López Cid.

40 Óscar Iglesias. Posibilidade dun Valente Galego. 13. 02. 2009. Diario El País.

41 José Ángel Valente. Obras completas I Poesía y prosa. El fin de la edad de plata. Fuego-Lolita-Mi capitán. Pág. 732, . Círculo de Lectores. Galaxia Gutenberg. Barcelona 2006.

42 José Ángel Valente. Obras completas I Poesía y prosa. Nueve enunciaciones. El uniforme del general. Pág. 742. Círculo de Lectores. Galaxia Gutenberg. Barcelona 2006.

43 Constantino Cavafis, –poeta que tanto gustaba a Valente y de quien tradujo muchos poemas (aunque no éste) habla de Artemidoro (autor del Libro de los sueños), en su poema Idus de marzo. “Cuando la cima alcances, por fin César,/(…) atiende –entonces, sobre todo entonces– cuando/ (…) si por casualidad de entre la plebe/ saliera y se acercara/ a ti un Artemidoro/trayéndote una carta y diciéndote/ con impaciencia: <Lee esto enseguida;/contiene graves nuevas que te atañen.>” Cavafis. Poemas. Versión de Lázaro Santana. Pag. 55. Visor poesía. Madrid 1973.

44 Decía René Char que “a esta herencia no la precede ningún testamento”, en mi caso y eso es lo que más orgulloso hace que me sienta, sí hay un testamento: una voluntad otorgada por escrito por Valente en la que queda dicho que soy quien deba velar por el lugar [del canto] último y definitivo. Y aunque –por elección y afinidad– pertenezco a su linaje, la voluntad expresa y objetiva existe, claro que existe.